domingo, 24 de septiembre de 2017

Spotlight: las medias verdades

Ayer vi Spotlight, ganadora del Oscar a la mejor película y al mejor guión en 2016. Cuenta la investigación realizada por unos periodistas del Boston Globe sobre los abusos sexuales de sacerdotes católicos en la diócesis de Bostón, que concluyó con un gran escándalo social y religioso,que todavía mantiene un clima de sospecha sobre el clero católico en muchos países del mundo, incluido el nuestro, pese a que no se hayan detectado casos significativos.
La película está muy bien hecha, los actores son excelentes, el guió es vivo y las diferentes historias están bien entrelazadas. Ciertamente la película merece el óscar, aunque me queda la duda de si también su sesgo anticatólico ha colaborado en el éxito. Me pregunto qué hubiera pasado si, por ejemplo, la cinta hubiera elaborado la idea de que la mayor parte de los abusos sexuales se realizaron por sacerdotes homosexuales. Seguramente, la cosa hubiera sido distinta: quizá ni siquiera se habría estrenado.
La película, como se indica al inicio, está "basada en hechos reales", los personajes son los que son y los hechos se parecen bastante a lo que ocurrieron. Como a cualquier católico razonable, me llena de profunda verguenza y pena lo ocurrido en Bostón y cualquier otro país donde se hayan producido estos abusos de niños, y me cuesta entender cómo una persona que ha entregado su vida a Dios y a los demás pueda caer en tamaña degeneración. Pero, a la vez, me parece que la película plantea una visión maniquea de un problema muy complejo. Para el guionista de Spotlight, la diócesis de Bostón, con el cardenal Law a la cabeza, no sólo no hizo nada eficaz para acabar con el problema, sino que hizo todo lo posible para encubrirlo. El film extiende esta sospecha a toda la Iglesia, presentando en el epílogo de la película la dimision y traslado a Roma del cardenal Law poco menos que como un ascenso. Poco saben de la forma vaticana de retirar a un obispo de su mandato cuando su actuación ha sido equivocada, como el mismo Law reconoció al marchar: "A todos los que ha sufrido por mis defectos y errores les pido a la vez disculpas e imploro su perdón". Nada se dice, por supuesto, del muy activo papel de Law en la promoción de los derechos civiles en los años 60 en EE.UU.: en la película se le presenta como una figura más bien frívola y superficial. 
Nada se dice tampoco de los esfuerzos internos de la Iglesia para conocer y atajar el problema (recomiendo el libro de George Weigel, El coraje de ser católico, 2002). De hecho, una parte de la opinión pública puede pensar que la pederastia se da únicamente en la Iglesia católica, simplemente porque es la única institución religiosa que ha investigado y publicado masivamente esos abusos. Los informes más concienzudos en EE.UU. realizados a partir de casos estudiados en un periodo de 50 años afectan al 4% de los sacerdotes católicos de ese país, y la mayor parte de los casos comprobados afectan únicamente al 0.002 %: esto es se trata de verdaderos desequilibrados.
Por otro lado, no queda muy claro las supuestas terribles presiones que iba a ejercer la Iglesia contra el Boston Globe para que no publicara su reportaje. Uno hubiera esperado ver en el film varios matones visitando a cada uno de los periodistas, pero esa tremenda presión parece que se concretó en un par de conversaciones de amigos católicos con el encargado del equipo. Parece que el guionista tiene una percepción equivocada del supuesto poder del catolicismo en Boston: quizá eso explique que haya sido gobernador de Massuchussets... un mormón!! (Mitt Romney: 2003-2007).

Sin quitar un ápice a la gravedad del problema, y aplaudiendo las múltiples iniciativas que tanto Benedicto XVI como Francisco han tomado en esta cuestión, un juicio objetivo sobre la pederastia en los sacerdotes católicos concluye que se trata de un fenómeno muy marginal. En ningún paso sería justo afirmar que esta patología se da más entre los católicos que entre otros colectivos religiosos, incluidos sus líderes. Ernie Allen, presidente del National Center for Missing and Exploited Children, de EE.UU. concluía en un artículo de Newsweek (2010): "Puedo afirmar sin duda que hemos visto casos en muchas instituciones religiosas, desde evangélicos a ministros de las principales denominaciones, pasando por rabís y otros". Si esto es así, la pregunta obligada es "¿por qué sólo hay noticias de los sacerdotes católicos? ¿se imaginan una película de Hollywood donde el protagonista fuera un rabino pederasta?
Insisto, no estoy defendiendo la conducta de quienes abusaron de niños con el agravante de la confianza que da un autoridad religiosa: me parece repugnante. Sólo estoy diciendo que el caso, desgraciadamente, no es exclusivo de la Iglesia, sino que afecta a muchas otras entidades, civiles y religiosas. Pero escupir sobre la Iglesia católica es gratis, en ciertos ambientes está bien visto.


domingo, 10 de septiembre de 2017

La respuesta al Islam

Hablaba ayer con un amigo sobre los recientes atentados yihadistas en Cataluña. Me indicaba su preocupación por dar una respuesta adecuada a la creciente influencia islámica en Europa. Aunque en España nuestra relación con el Islam tiene unas largas raíces históricas (700 años de convivencia, o mejor decir de confrontación), hay otros países europeos donde la influencia musulmana actual es mucho mayor que en el nuestro. Por ejemplo, en Francia o en Alemania, donde la inmigración del norte de Africa y de Turquía, respectivamente, supone ya un porcentaje elevado de su población.
La primera reacción ante esta creciente influencia puede ser muy variada. Para algunos, supone un peligro inminente, pues parten de la base que los valores islámicos no aportan nada a las sociedades democráticas occidentales, o más bien son caballos de Troya para destruirlas. Para otros, se trata de un enriquecimiento cultural, al agrandar nuestra visión con nuevas perspectivas. Otros simplemente consideran que es una tendencia inevitable: ante el agotamiento demográfico y la crisis de valores que viven las sociedades occidentales, habrá otros valores que los reemplacen.
Me parece que todos tienen algo de razón, y que no resulta fácil tener una postura (y una política) coherente y de largo plazo ante la rapidez de las transformaciones sociales y culturales que estos fenómenos de emigración masiva suponen. Históricamente, los grandes imperios, con los valores que implicaban, cayeron por su propia debilidad interna, y fueron reemplazados por otros pueblos que, paradójicamente, acabaron adoptando buena parte de esos valores. El caso del imperio romano es particularmente nítido: implicó el colapso de lo que entonces era Europa, la ruptura política y social a gran escala, la sustitución de un "estado de derecho" (con todas sus limitaciones de época, pero bastante similar a lo que ahora entendemos por este concepto), por un conjunto disgregado de poderes locales, que costó más de mil años convertir en estados nacionales. No sé si ahora occurrirá algo parecido con la inmigración africana y asiática a Europa. A mi modo de ver una de las principales diferencias sería qué institución -o conjunto de valores- quedaría tras ese debacle político. En el caso del imperio romano, fue la Iglesia quien se encargó de transmitir la cultura clásica, quien en última instancia garantizó que no se empezara de cero, y que finalmente se recuperara lo mejor del ingenio greco-romano, asumiendo sus progresos. ¿Quién haría ahora ese papel? ¿Está la Iglesia en condiciones de hacerlo? ¿Es lo suficientemente coherente, con principios morales y teológicos claros que fundamenten una economía, una cultura, una política? ¿Tendría la influencia intelectual que tuvo para sostener lo mejor de nuestra cultura actual y servir de germen de una sociedad post-europea?
No sé responder a esas preguntas, pero sí me queda claro que el problema no es tanto la influencia exterior, la inmigración de pueblos con otras culturas, sino el debilitamiento interior, la falta de capacidad del cristianismo europeo para alumbrar al mundo contemporáneo con valores que no sean contemporáneos, precisamente porque lo contemporáneo deja todos los días de serlo. Solo puede alumbrarse el presente con energía que sea permanente, porque el presente deja de serlo en cuanto lo hemos vivido. No podemos mantener una sociedad honda sin raíces, no habrá valores si mantenemos la liquidez, la vaciedad, que pretende mostrarse como fundamentadora de la convivencia. No se pierde la convivencia pacífica porque se tengan ideas sólidas, sino solo porque no sepan defenderse con razones. Más bien al contrario, sólo se emplea la violencia cuando no se tienen razones para defender las ideas o cuando las ideas se han convertido en ideología, al margen de la realidad que debería sustentarla.

sábado, 26 de agosto de 2017

La versión californiana del martirio

Acabo de regresar de vacaciones, donde he estado más perezoso de lo habitual para hacer las entradas semanales en este blog. Ya lo siento. Seguramente mis entusisastas lectores habrán estado entretenidos con otras cuestiones más relajantes en estos días.
Quería reiniciar las entradas comentando una de las películas que he visto estos días. No es reciente (eso de ver películas de estreno no va conmigo, prefiero que reposen unos meses y pasen el filtro de la banalidad), pero parecía obligado verla, por el tema que trata, la aniquilación del cristianismo en el Japón del s. XVII, y por el director, Scorsese, uno de los pesos pesados de Hollywood. La película tiene interés, no cabe duda, y trata de un tema histórico muy poco cubierto por los guionistas de la meca del cine. Sería un buen filón para películas dramáticas, pues el cristianismo ha sido perseguido en múltiples lugares y periodos de la Historia (incluido el momento presente) aunque haya algunos que parezcan no haberse aún enterado.
En mi modesta opinión, la película de Scorsese es cinematográficamente discreta y culturalmente inmadura. El metraje es excesivo (casi tres horas) para lo que se cuenta, uno tiene la sensación de que se quiere extender articialmente la película, sobre todo durante el cautiverio del padre Rodrigues. La fotografía es de lo mejor de la película, así como los tres primeros minutos, hasta las secuencias del martirio en la playa de quienes habían acogido a los dos sacerdotes jesuitas en busca del padre Ferreira, lider de la evangelización cristiana de Japón, que luego apostataría de la fe.
En mi opinión, la cuesta a Scorsese y al guionista entender lo que significa el martirio, la excelsitud de la moral cristiana, y no sabe diferenciar bien entre el heroísmo y el fanatismo, que parece apuntarse en las conductas mas coherentes del padre Garupe, y que acaban quitándole atractivo a un espectador del s. XXI. No es fanático quien muere como mártir sino que mata a los mártires. Nada más terrible que llamar martires a quien muere matando a otros, en este terrorismo que algunos quieren vincular con Dios, con Dios que siempre es Vida. 
No es fácil entender el martirio para una mentalidad contemporánea, acostumbrada a negociar todo y a no tener ninguna referencia consistente.¿Qué sentido tendría morir por una determinada fe religiosa, si todas son iguales, si no puede diferenciarse la verdad del error? ¿Alguien imagina que una persona pudiera dejar su vida cómoda y marcharse al otro extremo del mundo a predicar el amor de Dios a los hombres con esa mentalidad? Si no tiene ninguna lógica ahora, mucho menos la tenía en el s. XVII, donde la idea de Dios era mucho más cercana, donde el cristianismo se evidenciaba en el encuentro con una Persona, que daba un sentido completamente distinto a la vida.
No es fácil que un director contemporáneo, aunque tenga un cierto conocimiento del cristianismo entienda esto. Por eso su propuesta se queda a medio camino, no consigue explicar un drama interior, que sí está presente en otrs películas de temática religiosa (por ejemplo, de "Dioses y Hombres"). Por eso me parece que Scorsese se queda a medio camino y no consigue convencer a casi nadie, y una película que podría haber sido una obra de gran calado acaba convirtiéndose en un film que genera más inquietudes que respuestas.

domingo, 23 de julio de 2017

Historia o leyendas

Estoy leyendo estos días el libro de Elvira Roca sobre las leyendas negras que han acompañado a los grandes imperios de la Historia (excepción del inglés, por algo será), y de modo más especial al español. Se trata de una obra muy bien documentada y amena de lectura, donde realiza un interesante paralelismo entre cuatro grandes imperios: Roma, Rusia, EE.UU. y España, cada uno situado en distintos momentos de la Historia, pero todos con muchos rasgos en común. Qué hace que un país llegue a crecer hasta convertirse en un imperio, y qué relación plantea ese crecimiento en los países que compiten con él, son algunos de los temas que plantea Elvira. Todos los imperios han tenido sus detractores, quienes consideraban que eran fruto de un destino inmerecido y construyeron leyendas para entorpecer su imagen, leyendas que esos imperios apenas pusieron esfuerzo en desmerecer. Pasó con los griegos frente a los romanos en la Antiguedad, con los franceses frente a los rusos en el XVIII, con los europeos frente a los estadounidenses actualmente, y con holandeses, ingleses y alemanes frente a los españoles en los siglos XVI y XVII.  Los mitos son muy parecidos en todos los casos, mezclanco medias verdades con aparatosas invenciones. Esos imperios han sido acosados de incultura, degradación social o racial, crueldad, egoísmo, fanatismo o un largo etcétera. La autora, como no podía ser menos, se entretiene especialmente en el caso español, donde la acción propagandística de los enemigos del imperio española ha sido particularmente eficiente: tan eficiente que se lo han creído los mismos españoles. Describe Barea, por ejemplo, con gran detalle la campaña propagandística montada por Guillermo de Orange para desprestigiar a Felipe II, el monarca legítimo de los Paises Bajos, y preparar el camino de la secesión. Ganó ambas guerras, la de los folletos y la del campo de ballata (con bastantes reveses en los largos años del conflicto), pero sin duda la primera es la que más ha perdurado. Lo lamentable es que todavia perdure, tanto en la visión que se imparte en las aulas holandesas como -lo que es realmente inexplicable- en las españolas: supuesto carácter fanático y cruel de Felipe II, acusandole incluso de matar a su hijo Carlos, imagen distorsionada -hasta el ridículo- de la Inquisición, supuesto intento de aliarse con los turcos, impuestos abusivos y un largo etcétera.
Y para darle un color de actualidad, basta leer entre líneas los comentarios que hace Barea sobre el impacto de esa campaña propagandística en el nacionalismo holandés que acabo en la independencia. La verdad histórica importaba, y parece que importa, bien poco: lo que importa es conseguir los objetivos que se pretenden, bañándolos de un sentido de la justicia que, en toda justicia, completamente carecen. 


domingo, 2 de julio de 2017

Los mormones: sentimiento y razón

No voy a descubrir la importancia de la libertad religiosa, de que cada uno pueda ejercer la religión que estime en conciencia más verdadera. Pero el respeto a las creencias de los demás no es identificable con el relativismo religioso, que pondría en el mismo plano cualquier creencia independientemente de su sustrato teológico, de los principios morales que lo guían o de su desarrollo en la Historia. Algunas tradiciones religiosas tienen un enorme recorrido histórico, son tan antiguas como la propia  civilización humana; otras obedecen a impulsos casi contemporáneos, muchas veces como variantes de otras tradiciones espirituales que se consideran revisables. En este marco estarían lo que denominamos cultos o sectas postcristianas, que basándose en el sustrato doctrinal e histórico del cristianismo, proponen un esquema de creencias que acaba formando una ideología que poco o nada tiene que ver con el Evangelio.
Este es el caso de los Mormones o "Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días", una separación del cristianismo propuesta en el s. XIX por Joseph Smith en 1830. Tengo que reconocer que mi conocimiento de los mormones se reducía a conversaciones muy esporádicas con alguno de sus misioneros y con la curiosidad que inspira el enorme edificio que construyeron no lejos de mi casa. Por eso la lectura del último libro de Vicente Jara y Jorge Núñez sobre este movimiento religioso me ha resultado de especial interés. "Los mormones. ¿De verdad sabes quiénes son?" es un libro escribo con notable fluidez, fruto de un algo más de 300 pags. Tras su lectura, me ha llamdo poderosamente la atención, la muy débil estructura doctrinal de este movimiento.Las afirmaciones que hacen en el Libro de Mormon, su confusa mezcla con algunos elementos de la Sagrada Escritura, su escasísimo rigor en las fuentes históricas, culturales y arqueológicas, hacen de los Mormones un movimiento que se parece mucho más a un sentimiento que a una razón, porque, tras le lectura del libro, uno se pregunta: ¿cómo pueden creerse honestamente tal cúmulo de despropósitos? ¿Cómo afirmar la existencia de una cultural inexistente más allá de sus propias referencias, de un lenguaje del que no tenemos ningún otro testimonio que el afirmado por el Libro que les inspira? No tengo duda que habrá muchos mormones honestos y entusiastas de su religión, pero ciertamente sus fundamentos parecen muy débiles. Recomiendo la lectura de este libro, documentado en las propias fuentes mormonas, intentando con la mayor honradez posible mostrarlas. No se pretende ofender a nadie, sólo poner en evidencia sus creencias y prácticas.

domingo, 11 de junio de 2017

Iran, un país por descubrir (II)

Decía en mi anterior entrada que Irán es actualmente un país bastante tranquilo y seguro. Pocos días después ha ocurrido el primer atentado serio en suelo iraní, perpetrado por los mismos comandos que siembran el terror en Londres, Egipto, Irak o París. Es el primero, y espero que no sea indicio de nada, porque seguramente la población va a dar muy poco apoyo a este tipo de grupos terroristas, entre otras cosas porque son instigadores de una forma de entender el Islam que ellos no comparten.
Como es bien sabido, Irán es el país más extenso de mayoría Chii, una de las dos grandes ramas del Islam y la menos extendida: ocupa la mayor parte de ese país, el centro y sur de Irak, y partes de Yemen, Siria, Palestina y el Líbano. Muy poco en comparación con la mayoría Suni (85%), presente en el resto de los países de mayoría musulmana.
Mezquita de Vakil en Shiraz
El Islam iraní tiene muchas particularidades sobre el de otros países, no solo por la situación actual (por tratarse de uno de los pocos países del mundo gobernado por un líder religioso), sino también por sus raíces históricas. Conviene recordar que muchos siglos antes del nacimiento del Islam ya existían culturas florecientes en el actual territorio iraní (Persas, Medos, Partos, etc.) y que el Zoroastrismo nació en territorio iraní en torno al segundo milencio antes de Cristo. Aunque la conquista y conversión musulmana del país redujo notablemente la presencia de esta religión, todavía quedan seguidores en su territorio, así como en Irak, India y algunos países occidentales. Además de esta religión, conviven en suelo iraní creyentes del Islam suní, cristianos de diversos ritos, judíos y bahais. 
Catedral de Van en Esfahan
En mi reciente viaje por esas tierras me ha parecido percibir poco fervor religioso entre las personas más jóvenes, que no aceptan de buen grado la estrecha relación entre poder político y tradición islámica. Me llamó la atención que la inmensa mayoría de las mujeres en el vuelo de vuelta, que hizo escala en Estambul, se quitaron el velo al poco de aterrizar. Ciertamente los maridajes entre lo político y lo religioso acaban por perjudicar a la religión, que se deshace de su contenido más hondo.
No puedo hacer afirmar mucho sobre el respeto efectivo en el país a la libertad religiosa de las minorias, porque no he observado elementos ni a favor ni en contra de ella. Sí es evidente que se trata realmente de minorías, que apenas suman entre todos un 1% de la población del país. Para mi ése ha sido quizá el aspecto menos atrayente del viaje, ya que Irán ha sido el país de los que he visitado en el que me ha resultado más difícil asistir a la santa Misa. De hecho, ha sido tan difícil como que no he conseguido hacerlo ningún día de los cinco que estuve. Mi primera decepción fue comprobar que no había iglesias católicas en ninguna de las dos ciudades que iba a visitar: Esfahan y Shiraz, pese a estar entre los cinco núcleos más poblados del país. Escribí a la nunciatura de la Santa Sede en Teherán unas semanas antes de mi viaje y me confirmaron que no había iglesias católicas al sur de la capital. Lo intenté, no obstante con otras comunidades cristianas, en concreto los armenios, que fueron deportados a Esfahan a inicios del s. XVII desde la Armenia que se disputaban Turquía y el imperio Safavida. Allí construyeron la preciosa catedral de Van y algunas otras iglesias en el distrito de Jolfa, al sur del rio Zayandeh. Allí también hay un museo que recoge varias obras de arte de la comunidad armenia en el lugar, textos de la Sagrada Escritura en diversos idiomas locales. Tuve ocasión de visitar esa catedral y otra iglesia dedicada a Ntra. Sra. de Belén, que estaba en reparación. En Shiraz tuve menos suerte, y aunque lo intenté en varias ocasiones por teléfono y en tres presencialmente no conseguí enterarme a qué hora era la misa dominical. No sé si es debido a la escasa actividad o el miedo (el guía que me enseñó la ciudad, me comentó que tenían algo de desconfianza, quizá por haber sufrido persecución en décadas pasadas).

lunes, 29 de mayo de 2017

Irán, un país por descubrir (I)

Escribo estas líneas desde Irán, un país que pocos conocen directamente, aunque salga con tanta frecuencia en los medios de comunicación. He venido a un congreso profesional, aprovechando el fin de semana para conocer algunos otros lugares emblemáticos del país. Quizá cuando se habla de un estado religioso todo el mundo piense en Irán, donde ciertamente el máximo poder está en una autoridad religiosa (en este momento en el ayatollah Alí Jamenei), que es además elegida por una comunidad religiosa (el consejo supremo de la república islámica). Naturalmente para un europeo del s. XXI esto es difícil de comprender, pero conviene conocer un poco la historia de este país para situar el origen de esta institución, fruto de una revuelta popular contra un régimen pro-occidental (poco religioso por tanto), profundamente corrupto y con un registro atroz, al menos en los últimos años, de torturas y matanzas de enemigos políticos. La revolución islámica fue popular al inicio, pero han pasado casi cuarenta años y ahora tengo la impresión, tras hablar con varios colegas universitarios y guías de mi viaje, que el entusiasmo revolucionario ha pasado, y que una gran parte de la población quiere un Irán más abierto al exterior, más laico y más democrático. Ahí están los que votaron por el actual presidente Rohani (que ganó con el 60% de los votos), desafiando al candidato a quien había elegido personalmente Jamenei. No sé cuanto durará más este estado de cosas, pero sí tengo la impresión que el país vive de manera mucho más amable su religión y su apertura al mundo de lo que sus barbudos líderes manifiestan. Estamos en Ramadán y, aunque oficialmente no se puede ni beber, ni comer, ni fumar durante las horas de sol, la gente lo hace con cierta discreción. Las tiendas son bastante similares a las nuestras, dentro de su cultura obviamente, y el inglés sigue siendo con diferencia el segundo idioma más preferido por los jóvenes estudiantes.
Jardín persa en Shiraz
La amabilidad de los iraníes y la seguridad del país hará éste un destino muy atractivo para muchas personas que quieran disfrutar de una cultura muy distinta a la nuestra, sin olvidar las raíces históricas que precedieron al Islam: desde medos, persas y partos, hasta el Imperio sasánida. Afortunadamente, muchos de esos tesoros culturales se han mantenido, enriqueciéndose con las aportaciones del Islam en las bellas mezquitas de Teheran, Esfahan o Shiraz.
En próximas entradas abundaré un poco sobre mis impresiones de este país, aunque ciertamente sean muy elementales, ya que sin vivir años en él y conocer y lengua, siempre serán fruto de comparaciones que pueden ser más o menos acertadas. En cualquier caso, recomiendo vivamente su visita. Ahora no es un país muy turístico, pero tiene un potencial impresionante, tanto en parajes naturales como en herencia artística. Sus gentes son amables y viven con fidelidad, ésa ha sido mi experiencia y la de otros europeos que he preguntado, esa hospitalidad oriental que no sabe de intereses, sino de personas.

domingo, 21 de mayo de 2017

A vueltas con la Masonería


En  mi adolescencia todavía estaba de moda la famosa "conjuración judeo-masónica", con la que parecía justificarse cualquier tipo de desgracia, ya fuera social, económica o incluso de origen natural. Así las cosas, quedaba en la memoria colectiva que eso de ser judío o masón estaba asociado al carácter conspirador, no se sabía muy bien frente a qué o quién, ni por parte de quién o qué, pero así las cosas era terreno del que convenía alejarse por prudencia.
Luego estudié Geografía e Historia, y ya pude poner cara y actos a los judíos, aunque mucho menos a los masones, que me siguieron pareciendo a medio camino entre la ficción y la realidad. Quienes achacaban a la masonería buena parte de nuestros debacles históricos, me parecían personajes proclives a la exageración o quizá a la fantasía. La imagen se hizo algo más nítida al estudiar Historia Contemporánea, de la mano de la magnífica profesora Ruíz de Azua, en donde los masones aparecían relacionados con algunas de los movimientos revolucionarios más relevantes del siglo XIX (unificación italiana o independencia de las colonias españolas en América), para mostrar un fuerte protagonismo en la Primera y Segunda Repúblicas españolas, en donde la lista de masones, siempre dudosa por aquello de ser más bien sociedad secreta, resultaba bastante prolija.
Más allá de estas referencias, poco he profundizado, entiendo que como el común de los mortales, en las sociedades masónicas, que me han seguido pareciendo más bien cosa del pasado. Sin embargo, el último libro del Profesor Manuel Guerra da bastante luz sobre los fundamentos ideológicos, las prácticas rituales y el alcance socio-político de la Masonería, por lo que me parece muy recomendable para quienes quieran profundizar en esta temática. El Prof. Guerra lleva bastantes años trabajando en la cuestión, asi que el libro resulta de notoria autoridad. Además, el autor combina este conocimiento con una amplisima cultura teológica que le permite aportar también un juicio certero y equilibrado sobre las relaciones entre masonería y cristianismo, que siguen siendo -no lo olvidemos- incompatibles, pese a quienes quieren dulcificar el carácter ideológico de la masoneria. El Arbol Masónico resulta un libro de muy recomendable lectura, muy amplio y bien documentado, que facilita una visión actualizada y crítica de esta institución, que sigue pareciendo anónima al ciudadano medio pero que todavía cuenta con una indudable influencia social y cultural.

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Cuidar el ambiente es de izquierdas?

Paseaba hoy por el carril bici madrileño, en una preciosa mañana dominical, disfrutando de esta infraestructura que me resulta ya muy familiar. Me sigue pareciendo una iniciativa excelente de quien fuera -en mi opinión- uno de los mejores alcaldes que hemos tenido en Madrid. Los tópicos que marcan las tendencias políticas, por alguna extraña razón que desconozco, asimilan el cuidado del medio ambiente a los partidos-personas de izquierda, pero en esto -como en tantas cosas- hay que distinguir entre teorías y hechos. El hecho concreto es que los "agujeros" del carril bici no se han rellenado por el ayuntamiento actual (tras dos años de gestión), que parece más interesado en cambiar nombres de calles que en mejorar la viabilidad sostenible del municipio. De momento, sólo he recibido del actual consistorio una encuesta donde dicen que van a hacer tal y tal cosa, pero aún no he
visto nada concreto: sigue sin cerrarse el carril bici, no se han mejorado nada sus tramos más conflictivos, y sinceramente no veo que la política de promoción del tranporte colectivo o los coches eléctricos sea más que una declaración de intenciones. A mi modo de ver la única medida de cierto calado en favor del ambiente ha sido la prohibición de circular a los coches en momentos de máxima congestión atmosférica. Gracias a eso, por vez primera muchos conductores se plantean comprarse vehículos de menor emisión o enterrar defnitivamente los diesel. La medida implica un coste cero para el ayuntamiento, asi que no puede decirse que el consistorio madrileño haya invertido gran cosa en el ambiente de la ciudad: veo los mismos jardines que antes, los mismos kilómetros de carril bici, las mismas bicicletas urbanas, las mismas bonificaciones para vehículos híbridos... en fin, la conclusión que saco es que el gobierno más emblemático de Podemos no parece evidenciar una preocupación ambiental efectiva.
Hasta aquí los hechos, que podríamos multiplicar con otros muchos ejemplos de gobiernos de izquierdas que en el pasado han tenido una lamentable trayectoria ambiental (la URSS, por ejemplo), y que ahora continúa China (con indicadores ambientales nefastos, aunque hay mejoras en los últimos años), Corea del Norte, Venezuela o Cuba (con matices, naturalmente). Sin embargo, son los gobiernos de centro o centro izquierda (Alemania, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Noruega) los que han tomado medidas reales para cambiar su forma de relacionarse con el ambiente, para construir economías de baja emisión. Aquí, ni unos ni otros parecen interesados en la materia, y seguimos esperando que se modifique el absurdo regimen de las renovables o que los presupuestos del Estado aprueben las ayudas a la adquisición de coches eléctricos: veremos qué papel juega Podemos en esos cambios, aunque me temo que no está en lo más alto de su agenda de prioridades.

domingo, 23 de abril de 2017

¿Somos algo más que máquinas?


http://www.digitalreasons.es/libro.php?valor=Inteligencia%20Artificial.%20%C2%BFConciencia%20artificial?

El vertiginoso desarrollo de la tecnología nos asombra a cada momento, presentando cada vez más sofisticadas aplicaciones de cómo las máquinas pueden imitar o reemplazar las cosas que hacíamos hace apenas unas décadas en exclusiva los seres humanos, o incluso abordar otras muchas que serían inviables para nuestra capacidad. Son numerosas las películas que nos hablan de un futuro donde las máquinas serán casi irreconocibles de las personas, incluso para ellas mismas: desde Blade Runner, hasta Inteligencia Artificial, pasando por Yo Robot se aportan reflexiones sobre los límites de esta inteligencia "artificial", que lleva camino, según algunos, de reemplazar a la humana.
Pero no hemos de olvidar que cualquier máquina debe su capacidad a haber sido programada por una inteligencia humana, y que todavía ignoramos muchísimas cosas del cerebro humano para afirmar, con cierta base, que los engendros artificiales están imitando bien nuestro pensamiento. La clave tal vez está en considerar que un ser humano es únicamente un cerebro avanzado, una máquina igual a las que construimos pero más compleja. Incluso se llega a plantear la posibilidad de transferir el cerebro de una persona a una máquina, o de reparar el dañado con implantes artificiales. No soy especialistas en estas cuestiones, obviamente, pero sí me preocupa el impacto ético que estas cuestiones pueden llevar consigo. Sin duda una mejor referencia que las reflexiones que pueda yo realizar en esta entrada es el libro recientemente publicado de la profesora Natalia López Moratalla sobre estas cuestiones: Inteligencia Artificial. ¿Conciencia artificial?, es una obra que invita a la reflexión y que presenta el estado actual del desarrollo y las implicaciones científicas y morales que esta carrera por entender mejor y emular el cerebro humano están llevándose a cabo en buena parte de los países más desarrollados tecnológicamente. Un ensayo muy interesante para quien quiera entender mejor las diferencias entre mente y cerebro, entre máquina y persona, para comprender que no somos únicamente un material genético, sino primeramente un ser que se relaciona, que recibe del entorno (natural y humano) buena parte de su carácter, que conjuga a la perfección Biología e Historia.

domingo, 16 de abril de 2017

Escuchar la Primavera

A inicios de los años sesenta se publicó uno de los libros que ha tenido mayor impacto en la concienciación ambiental de la sociedad. Lo tituló su autora, Rachel Carson, con la significativa expresión: "La primavera silenciosa", aludiendo al impacto que tendría sobre la avifauna el uso generalizado de insecticidas organoclorados (singularmente el DDT). Tras agrios debates con la industria química, finalmente se concluyó que efectivamente ese compuesto se acumulaba en los tejidos grasos de los distintos animales que la forman la cadena alimenticia, provocando deformaciones graves o la muerte. Eventualmente ese libro generó uno de los primeros debates públicos sobre el papel del ser humano en la alteración masiva de los sistemas naturales, afectando finalmente a su propia salud, lo que llevó a prohibir el DDT y a crear una de las primeras agencias de protección ambiental del mundo, la EPA.

Me venía  a la cabeza esta idea en los últimos días, en los que he estado disfrutando del paseo en bicicleta a lo largo de dos vías verdes que atraviesan el centro-oeste de la Península: el camino natural de las Vegas del Guadiana y la vía verde de la Jara. Ambas son muy recomendables para quienes aprecian el paisaje, en España casi siempre imbricado de acción humana y presencia natural. Las dehesas de un verdor agradecido en esta época del año, las encinas recien rebrotadas, los matorrales mediterráneos -la jara, el espliego, la retama-, adornadas con sus mejores flores. Todo eso es evidente a la vista, incluso al viajero menos contemplativo. Sin embargo, no resulta tan obvio apreciar la belleza de los sonidos, quizá porque vivimos en una sociedad que huye despavorida del silencio. Una primavera silenciosa sería ciertamente muy trágico: sin las aves que nos observan desde la altura, se interrumpirían muchos ciclos naturales que nos acabarían afectando irremediablemente. Pero las aves, como cualquier otro elemento de la naturaleza, no sólo sirven para servirnos. Está ahí porque Dios ha querido que estén, porque forman una parte imprescindible del concierto de la vida: sin ellas no habría orquesta, nada sonaría igual. Necesitamos apreciarlas, escucharlas, pensar en lo que nos transmiten. Deberíamos escuchar más a menudo, no sólo a otras personas, no sólo a músicas grabadas en aparatos más o menos sofisticados. Escuchar los sonidos del ambiente, abrirnos al exterior, reconocer que hay belleza, vida, complemento de nuestra propia existencia más allá de nosotros mismos, de nuestros limitados intereses.
Me encanta la bicicleta porque es un medio silencioso, que permite recorrer distancias notables sin aislarte del entorno. Puedes escuchar, mirar, pararte, oler... También a pie, pero es difícil llegar tan lejos. Han sido 110 km de una experiencia excelente. Desde aquí agradezco a quienes mantienen esas vías verdes, esos paseos naturales, que nos permiten conocer la belleza de nuestros paisajes, apreciar lo que nos rodea y disfrutar lo que Dios nos regala.

domingo, 2 de abril de 2017

Trump y el cambio climático

Esta semana el presidente Trump nos volvía a aturdir con su verborrea "antisistema" a la vez que firmaba un decreto que echaba por tierra los compromisos de EE.UU. en la lucha contra el cambio climático. Mejor sería decir los compromisos del gobierno federal de EE.UU., por que estoy bastante seguro que muchos gobiernos estales y locales van a seguir tomándose en serio este problema ambiental. Al margen de la gravedad de la cuestión, la actitud de Trump y de quienes le rien las gracias resulta sonrojante. Que un compromiso firmado por 200 países del mundo se pretenda ahora obviar precisamente por el país más rico del mundo y el que más ha contribuido históricamente al problema es realmente vergonzoso. Apartarse unilateralmente de un acuerdo internacional que tu país
ha firmado es, cuando meno,s una actitud muy poco solidaria. Si además se hace en nombre de una supuesta recuperación de la economía nacional, precisamente en el país más rico del mundo, es moralmente impresentable. Si encima lo hace oponiéndose a la inmensa mayoría de la comunidad científica de su propio país, que le informa de la gravedad del problema y de los impactos que ya está teniendo sobre su propia economía, resulta de una estupidez proverbial.
Es una pena que el cambio climático se haya convertido en un tema partidista en EE.UU., quizá como fruto de un activismo desmedido de quien fuera candidato a la presidencia de uno de los dos grandes partidos. Lo que debería ser una cuestión científica, acaba convirtiéndose en un campo para la pelea ideológica, y para el "tu quitas y yo pongo, o viceversa" de los vaivenes políticos. Un problema global debería enfrentarse globalmente, no ya solo entre los distintos partidos de un país, sino en la comunidad de naciones. Para eso se firmaron los tratado internacionales de cambio climático, de biodiversidad y de desertificación en la cumbre de la Tierra de 1992. Rechazar los acuerdos por los intereses nacionales, muy discutibles por otra parte, suena mucho a egoísmo nacionalista, a egoísmo además miope, porque fomentar la industria del carbón o del resto de los combusibles fósiles en EE.UU. no ayuda nada a la innovación tecnológica, que en cambio está directamente ligada a las energías renovables.
Llevo ya varios años dando conferencias sobre cambio climático, la última esta semana en Avila. Para mi el asunto, dentro de la complejidad de cualquier tema científico, es bastante claro. Un elemental principio de precaución lleva a adoptar medidas contundentes que casi nadie está abordando. No nos queda mucho tiempo. Comentaba en mi última intervención sobre este tema que cuando el cambio climático sea evidente a todo el mundo, será demasiado tarde. Entonces los escépticos (permitanme la profecia, pero eso ocurrirá en menos de 10 años) sugerirán medidas de geoingeniería: reducir artificialmente la temperatura terrestre oscureciendo la luz del sol. Económicamente es más rentable que cambiar nuestra economía carbónica, pero ambientalmente las incertidumbres son inmensas y puede acabar en un desastre planetario, quizá en una nueva glaciación. ¿Por qué no tomamos las medidas ahora? ¿Seremos tan cortoplacistas para relegar la solución de los problemas a nuestros descendientes? ¿Es justo que queramos usar desmesuradamente los recursos del planeta para dejar a quienes vengan después las consecuencias de unos estilos de vida insostenibles?

domingo, 19 de marzo de 2017

¿Eso es la nueva izquierda?

Confieso que me ha resultado atractivo el ascenso de los nuevos partidos en nuestro país, porque implican que la sociedad española no está tan anestesiada como pudiera parecer a simple vista. Según se van asentando, algunos con representación parlamentaria, empiezan a tomar decisiones que les comprometen y les "retratan". Los dos que han aprovechado mejor el tirón del descontento popular con el "establishment" han sido Podemos y Ciudadanos. El primero se presenta como la "nueva izquierda", heredera de lo mejor de la tradición social de la izquierda y con nuevos aires que supuestamente corregirían los desmanes que la izquierda real causó en el mundo durante el s. XX y que todavía tienen a algunos países subyugados, como es el caso de Corea del Norte o China. Podemos se presentaba como el adalid de la lucha contra la corrupción política, contra los bancos sin escrúpulos, contra una política económica que deja a las personas al margen mientras beneficia a unos pocos, contra las viejas costumbres que convierten el poder en provecho personal. No sé qué va a quedar de estos postulados ahora que ellos mismos son parte de la "casta política", pero me resulta llamativo que ahora Podemos la emprenda contra la Iglesia, recuperando uno de los más rancios postulados de la izquierda española: el anticlericalismo.
Cualquier demócrata de EE.UU. o cualquer laborista en el Reino Unido identifica a los católicos con sus votantes mayoritarios: si se conoce bien la historia de la Iglesia se entiendo bien que el progresismo social siempre le haya estado cercano. Aunque parezca obvio recordarlo, el papa Francisco no ha inventado la preocupación social de la Iglesia: cualquiera puede revisar la Caritas in Veritate, de Benedicto XVI o la Centessium Annus de Juan Pablo II, por no irme mucho más atrás. En suma, aquellos partidos que realmente se han preocupado de los derechos de los trabajadores, de una economía social que ampare a los más marginados se van a encontrar con la simpatía de la Iglesia. Esto puede parecer contradictorio en un país donde parece que los católicos tenemos que ser, por definición, de derechas. No se entiende esta relación si no hacemos referencia a la Historia contemporánea de nuestro país, salpicada de guerras civiles, primero con las carlistas del XIX y luego en la tremenda del XX, donde el factor religioso (o anti) tuvo un peso clave en uno y otro bando.
Seguir anclados en esa dinámica: católicos-derechas, es seguir anclados en el pasado. Es preciso alumbrar un nuevo partido de izquierdas, de verdad, que mire con simpatía a la Iglesia, que reconozca sus logros sociales, que valore su dimensión cultural, su contribución al equilibrio espiritual y sus propuestas morales. Ya tenemos partidos de derecha que se van acercando al laicismo (como ocurre en EE.UU. o en el Reino Unido o en Francia), asi que solo nos queda completar el espectro con otros partidos de izquierda que puedan llamarse realmente nuevos. Lo de Podemos con su actual monserga anticlerical es volver al pasado, y para eso no necesitamos una nueva izquierda.

domingo, 5 de marzo de 2017

Los cinco enfoques de la penitencia

Los católicos hemos iniciado la Cuaresma el pasado miércoles, tiempo de conversión interior, de repensar nuestra orientación vital, de afianzar nuestros buenos hábitos y reconducir los equivocados. La tradición cristiana recomienda basar ese periodo de purificación interior en tres pilares: la oración, la penitencia y la limosna. Hoy voy a detenerme en la segunda.
Parece obvio que todos los seres humanos buscamos la felicidad. A simple vista, el sacrificio es un obstáculo a la satisfacción vital, sobre todo si hemos identificado la felicidad con el placer, que en realidad solo es una felicidad condensada y, generalmente, efímera. El sacrificio implica aceptar lo que no queremos (enfermedad, contrariedades, padecimientos físicos o morales), o incluso buscarlo activamente: eso es lo que los cristianos llamamos penitencia (también se usan otras expresiones como mortificación o renuncia). De entrada, parece que buscar el sacrificio voluntariamente sería una deformación mental. Nada más lejos del cristianismo que la búsqueda enfermiza del dolor por sí mismo. Para nosotros, la penitencia es un medio para otras cosas, no un fin en sí mismo. No somos los únicos que hacemos penitencia. Hay muchas personas que renuncian a cosas que les apetecen por otras muchas razones. Ahí los cinco enfoques que dan título a esta entrada:
1. Penitencia enfermiza, quien encuentra placer en el dolor per se. Estos serian los que llamamos masoquistas, una postura difícilmente explicable.
2. Penitencia estética: cuando se renuncia a ciertas comidas o bebidas porque engordan o se realizan ejercicios extenuantes para adelgazar simplemente para que nuestro cuerpo sea admirado por otros. Aquí podríamos incluir a buena parte de los clientes de los gimnasios.
3. Penitencia terapeútica: quien sacrifica una comida o una bebida que le apetece por que contraviene su salud, por ejemplo un diabético que le gusten mucho los dulces.
4. Penitencia filantrópica: quien prescinde de sus propios gustos para complacer o ayudar a otra persona a quien quiere. Hay magníficos ejemplos de altruismo en esta postura, desde los desvelos de una madre por sus hijos enfermos, hasta quien dedica su vida a la asistencia de enfermos o de personas sin hogar.
5. Penitencia espiritual: sin negar los significados nobles de las anteriores formas de penitencia, sería ésta la que pretende mejorar nuestras disposiciones espirituales, fortaleciendo nuestro carácter (quien no sabe decirse que no, difícilmente alcanzará ninguna meta), y orientando nuestras intenciones hacia Dios. Esto es común a todas las grandes religiones, que cuentan con el sacrificio (literalmente "hacer sagrado") para el progreso espiritual. En el caso del cristianismo, ese sacrificio adquiere una relevancia especial en la unión espiritual con Jesús, quiso sufrir por nuestra salvación, mostrando el valor redentor de la penitencia, siempre que esté unida a la Cruz de Cristo.
Como vemos, hacer penitencia no es exclusiva del cristianismo, hay muchas personas que se sacrifican por diversas razones. Para un cristiano, los sacrificios tienen un sentido mucho más profundo, que también ayuda a concretarlos. Son un buen compañero de la Cuaresma, un periodo de especial gracia y significado, que ojalá deje este año en nuestra vida un surco fecundo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Entusiasmarse

Me comentó hace años un amigo especialista en filología clásica que la palabra “entusiasmo” proviene del griego enthousiasmós, que puede traducirse por rapto o posesión divina. En definitiva, estar entusiasmado es estar “lleno de Dios”. Me parece que es un buen título para mostrar una de las dimensiones del cristianismo que quizá los propios cristianos no consideramos con la frecuencia que deberíamos. Como una modesta contributión a repensar esa dimensión, acabo de publicar una nueva versión de un libro que saqué a la luz hace seis años en una editorial norteamericana, y que ahora adapto al lector español y actualizo. Aunque pueda parecer poco elegante hacerlo, me permito recomendaros a todos la lectura de esta obra: Entusiasmate. Diez hitos para encontrar la alegría que publica la editorial Digital reasons.
Entusiasmarse no es fruto de un placer pasajero, sino de algo mucho más permanente porque quien se llena de Dios ha encontrado la verdadera raíz de la alegría, una alegría duradera que resiste los embates de las tormentas y los terremotos de la vida. No es casualidad que el papa Francisco haya relacionado directamente con la alegría sus tres principales escritos: Laudato si, Evangelii Gaudium y Amoris laetitia. En fin, la alegría es inseparable de quien tiene un sentido en su vida, de quien ancla ese sentido sobre Dios, quien es Amor permanente, en realidad el único propiamente Permanente.
Este libro se dirige tanto a quienes consideran la fe como una referencia firme de sus vidas, como a los que tienen una imagen un tanto diluida, o quizá olvidada en el baúl de la adolescencia, de la figura de Jesucristo, del meollo de la fe, de sus consecuencias prácticas. Mi mayor entusiasmo será saber que a ambos potenciales lectores ha servido su lectura, a algunos quizá para reflexionar sobre esa fe apagada, a otros para disfrutar más plenamente esa alegría de la fe y para comunicarla a quienes les rodean.