domingo, 30 de diciembre de 2012

El Belén del Papa



Estoy convencido que los católicos que vendrán dentro de varias décadas nos mirarán con sana envidia por haber tenido el privilegio de convivir con dos pontífices de la categoría de Juan Pablo II y Benedicto XVI. La talla humana, intelectual, y espiritual de estos Papas es sin duda enorme. No me voy a dedicar ahora a compararlos, sino simplemente a poner de relieve la importancia de aprovechar al máximo esos dos regalos que ha dado Dios a la Iglesia. Centrándonos en el actual Pontífice, no me dejo de admirar de la capacidad que tiene para comunicar lo más inefable con palabras hondas y sencillas a la vez. Alguien ha dicho que la gente iba a ver a Juan Pablo II y ahora va a escuchar a Benedicto XVI. No quiero decir que las palabras del anterior pontífice fueran menos jugosas, pero ciertamente las de éste son un tesoro que no deja de  entusiasmarme.
Como es lógico, para que un escritor te entusiasme es condición imprescindible leerlo. Pueden llegarnos comentarios más o menos elogiosos de éste o aquél, pero un escritor sólo se disfruta realmente cuando se lee. Envié a una amiga universitaria el discurso que pronunció Benedicto XVI a los jóvenes profesores en el Escorial, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud. Me comentó que había quedado impresionada por esas palabras tan profundas y bellas, y que nunca antes había leído nada del Papa. Ese es el problema, que se habla mucho del Papa, que se escribe mucho sobre el Papa, pero que bastante menos gente –incluyendo los propios católicos- le leen directamente.
He introducido este largo prólogo para hacerme eco de un ejemplo reciente donde se evidencia la distancia inmensa que hay entre lo que dicen que dice y lo que realmente dice Benedicto XVI. Con motivo de la publicación de su último libro, “La infancia de Jesús”, la prensa se hizo eco de dos aspectos, que utilizó como titulares, a modo de resumen de la obra: que el Papa no recomendaba que pusiéramos el buey y la mula en el Belén, y que los Reyes magos eran españoles. Este es el lamentable resumen de una obra entrañable, profunda y sencilla a la vez. Como es lógico, mi primera recomendación es que leáis el libro directamente: en esos días todavía navideños seguro que ayudará a muchos a calar más hondo en este Misterio clave del cristianismo. Espero que esta recomendación sirva para cualquier otro texto de Benedicto XVI: creedme que siempre es mucho mejor lo que realmente escribe que lo que otros interpretan –con más o menos torpeza- de sus palabras.
Veamos lo que dice realmente el Papa a propósito de los famosos titulares de la prensa. De las 138 páginas del libro, dedica una a glosar las figuras del buey y la mula, concretamente la 76. Dice textualmente: “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3: “El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño: Israel no me conoce, mi pueblo no comprende”. En resumen, el Papa afirma que no se cita en los Evangelios la presencia del buey y la mula en la cueva de Belén. A nadie debería sorprenderle esa afirmación: basta con haber leído alguna vez el Evangelio de San Lucas o San Mateo, que son los que narran la infancia de Jesús. A la vez, el Papa, afirma que la presencia de esos dos animales que siempre ha intuido el pueblo cristiano, hace referencia a la presencia de toda la humanidad –desprovista de conocimiento- ante el “Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo”, concluyendo que ninguna “representación del nacimiento renunciará al buey y el asno”. De cómo se llega de estas palabras a los titulares de prensa que mencionaba antes, es tarea que mi modesta imaginación no alcanza a comprender.
Respecto a la atribución hispana de los Reyes, el Papa escribe en las páginas 101 a 102, que lo más probables es que fueran astrónomos de Babilonia, pero que el pueblo cristiano ha interpretado la historia de los Magos a la luz del Salmo 72 e Isaías 60, que mencionan la universalidad de la adoración a Dios, para considerar a esos Magos como “reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”. ¿De dónde viene la supuesta asignación española que hace el Papa? Citando los textos antes mencionados, se lee en el salmo 72: “Ante él se doblará la Bestia, sus enemigos morderán el polvo; los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos; todos los reyes se postrarán ante él, le servirán todas las naciones” (v. 9-11). El Papa hace mención de este salmo para indicar que el pueblo considera que esos Magos son representantes de todos los reinos conocidos, hasta el más extremo, que era precisamente Tarsis, lo que hoy sería Andalucía. Para en ningún momento indica que los tres Magos vinieran de allí, ni siquiera uno; dice simplemente que los Magos son personajes reales, pero como no conocemos bien sus orígenes, parece razonable también considerarlos como figuras de la epifanía universal de Jesús.
En resumen, dejando a un lado las anécdotas a las que nuestra frágil opinión pública nos expone, recomiendo vivamente la lectura de este libro, precisamente en estos días, en los que la meditación del Misterio del nacimiento de Jesús enriquecerá enormemente nuestra vivencia de las fiestas que celebramos.

domingo, 23 de diciembre de 2012

¿Qué celebramos en Navidad?

Vuelven, como cada año, las luces, los regalos, la lotería, los árboles adornados, los petardos, los reclamos publicitarios, las comidas extraordinarias, las reuniones familiares... Con los matices de la crisis, con los recortes, parece que estamos en un tiempo diferente: !estamos en Navidad! Pero, deberíamos preguntarnos, ¿a qué se debe lo extraordinario? ¿por qué celebramos? En una sociedad neopagana conviene recordar lo más básico: la Navidad es la celebración del cumpleaños de Jesús. Así de simple. En el 25 de Diciembre celebramos los cristianos el nacimiento de quien fundamenta nuestra fe, nuestra alegría, nuestro amor. Como cualquier cumpleaños de alguien a quien queremos, es propio celebrarlo, regarlarle cosas. Parece, sin embargo, hacerlo según a El le gustaría. Los regalos los hacemos en función de quien los recibe, no de quien los hace: se trata de complacer a quien celebra, no a quien se une a la celebración. ¿Cómo quiso Jesús celebrar su cumpleaños? ¿Cómo fue su propio nacimiento? Jesús ha sido la única persona que ha elegido cuándo, cómo y dónde nacer, que ha escogido quién sería su madre, que ha preparado las circunstancias que para nosotros son fruto del designio de otros. Precisamente por eso, es tan importante meditar sobre lo que nos cuenta el Evangelio de su nacimiento. Lo hacen San Mateo y San Lucas. El primero, de manera muy breve, solo indica su concepción milagrosa, el lugar de su nacimiento (Belén) y la presencia de los magos de Oriente. San Lucas, de modo mucho más detallado, nos narra la ocasión del viaje de José y María a Belén (el censo de Augusto), el nacimiento de Jesús en un lugar propio del ganado, porque no encontraron alojamiento, y la visita de los pastores, alertados por un ángel. ¿De qué nos habla todo esto? ¿Qué nos enseña Jesús siendo un recién nacido, en brazos de María, protegidos por el cuidado amoroso de José? ¿Qué tiene todo esto que ver con la Navidad que buena parte de la sociedad occidental celebra? ¿Dónde están los excesos, los regalos excéntricos, los ruidos estentóreos? En Belén, Jesús nos muestra que Dios prefiere la sencillez, la sobriedad, la familia unida, la cercanía de las personas humildes, la generosidad de quien todo lo da... Ojalá estos días, mirando un Belén, consigamos aprender las lecciones de Dios-Niño.

   

domingo, 16 de diciembre de 2012

El uniforme del sacerdote

He pasado esta segunda semana de mi periplo americano en Ecuador, impartiendo un curso de postgrado en la ciudad de Cuenca, ejemplo muy relevante de arquitectura colonial, y, como su homónima española, patrimonio de la Humanidad. Asistiendo a la misa dominical, escuché en la homilia una expresión que me resultó llamativa. El sacerdote pretendía subrayar la importancia de practicar una religión más honda, sin centrar la importancia en cosas que son derivadas de una raíz más importante, desenfocando así la práctica del cristianismo. Hasta ahí estaba de acuerdo con el celebrante, pero en su discurso, para ilustrar lo que él consideraba externo y de poca importancia, indicó casi textualmente que los sacerdotes y las religiosas no podían ser tan mojigatos como para pensar que su vocación consistía en llevar un distintivo externo de su condición (el hábito o la sotana), que además ahora ya no llevaban. Me quedé algo perplejo, pues no entendí la relación entre ser mojigato y llevar hábito. En el diccionario de la Real Academia, que parece ser el criterio más universal para conocer el sentido real de las palabras, indica que mojigato es un "Beato hazañero que hace escrúpulo de todo". Supongo que a esta acepción se refería el predicador a quien escuchaba, pues, la otra que incluye el diccionario ("Que afecta humildad o cobardía para lograr su intento en la ocasión") no parecía muy cercana a su discurso. El caso es que la primera de las acepciones tampoco le pega mucho al discurso, pues no veo la relación que puede haber entre ser escrupuloso y llevar sotana, clerigman, o cualquier otra señal de que se tiene una profesión religiosa. ¿Os imaginais que llamaramos mojigatos a los médicos, enfermeras, bomberos, policías o militares, por el simple hecho de que vistan su uniforme? ¿Para qué sirve un uniforme? En el mundo profesional, básicamente para mostrar la condición de quien lo lleva. Para un sacerdote o una religiosa, ir con uniforme tiene el enorme interés de que los demás les reconoceremos, y eventualmente podremos pedir sus servicios espirituales. Un policia o un bombero visten su uniforme mientras están de servicio. Los sacerdotes y religiosos lo están permanentemente, pues esa es su elección vocacional, así que no veo por qué tienen que dejar de vestir el distintivo que les permite dar testimonio de quienes son. "El hábito no hace al monje" indica bien el refrán popular, pero tampoco le deshace. Como dicen los matemáticos es una condición necesaria, pero no suficiente: ayuda, pero no es lo único, tampoco lo más importante, pero no por eso ha de despreciarse, pues a los demás nos recuerda que existe algo sagrado en el ajetreo cotidiano, que existen quienes se dedican enteramente a ese algo santo, y que están a nuestro permanente servicio espiritual. La mojigatería sería pensar que vestirse de una determinada manera hace ya a la persona santa, pero de eso a abandonar esos vestidos parece mediar un intento de desacralizar lo que de suyo es sagrado.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Sin Hogar

He estado esta semana en San Francisco, asistiendo a un congreso de mi especialidad profesional. Tenía cierta ilusión en volver a esta zona de EE.UU., en la que estuve viviendo durante mi estancia postdoctoral, hace ya 25 años. Voy a destacar dos cosas que me han llamado especialmente la atención estos dias. Por un lado, la enorme cantidad de personas sin hogar (homeless) que encuentra uno por las calles de la ciudad, particularmente en los barrios más próximos al centro. Muchas personas conocen San Francisco por el Golden Gate, el puente más famoso del mundo, o el Cable Car, el tranvía que recorre las empinadas cuestas de la ciudad, pero lo que más salta a la vista cuando uno pasea por la ciudad, es observar tantas personas que están fuera completamente del llamado "sueño americano". Ya sea por trastornos mentales, ya por fracaso económico, ya por elección propia (en algunos casos, los sin hogar forman un movimiento antisistema, continuación de la tradicción hippy tan viva en California), la cantidad de vagabundos que encuentra uno por la calle da que pensar sobre una sociedad que sigue figurando como el modelo a imitar por el resto del mundo. Se calcula que más de 1.5 millones de personas en USA viven en las calles o en dormitorios públicos. El problema no es sólo de este país, ya que se estima que hay más de 100 millones de personas sin hogar en el mundo. ¿Qué sociedad hemos construido, capaz de vivir indiferente ante la suerte de millones de personas que no tienen nada, si siquiera un modesto hogar?
Me dejo especialmente impactado el cartel que mostraba un joven de apenas veinte años, que mendigaba en la calle: "I am broken and hungry" (estoy roto y hambriento). ¿Cómo una sociedad puede alumbrar a un joven que en la época más dorada de su vida se encuentra roto? ¿Cómo recuperar a estas personas?

domingo, 2 de diciembre de 2012

El bautismo de los niños (I)

Tengo una buena amiga que acaba de tener su tercer hijo. Tanto ella como su marido son buenos cristianos, entusiastas de su fe. Sabiendo eso, me sorprendió sobremanera que decidieran no bautizar a su primera hija, ni a los siguientes, indicando que no querían imponer su fe a sus hijos, pero que serían muy felices si ellos la acogían libremente y se bautizaban cuando pudieran elegirlo de modo consciente.
Como no son católicos, cuando hablamos de este tema no he podido emplear la amplia lista de argumentos que la Iglesia da para aconsejar a los padres que bauticen a sus hijos pequeños. Así las cosas, centremonos por el momento en los que tienen raíz en la Sagrada Escritura, que sirvan para cualquier cristiano:
1. Pocos o ningún cristiano dudará que el Bautismo es necesario para la salvación, lo dice en muchas ocasiones Jesucristo, así como los demás escritos neotestamentarios. El mismo Jesucristo, que lógicamente no necesita del Bautismo ni de ningún otro sacramento, se hace bautizar por San Juan en el Jordán. Sus últimas palabras en esta tierra, según nos relata San Mateo, fueron precisamente para animar a los discípulos a que bautizaran en su nombre: "Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (San Mateo, 28: 18-20).
2. Los primeros cristianos tenían claro que la conversión al cristianismo llevaba consigo el Bautismo. Tras el primer discurso de S. Pedro en Jerusalén, poco después de Pentecostés, los que le escuchaban le preguntaron qué tenían que hacer para salvarse, les contestó: "Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión  de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2:38). Tras la labor apostólica de S. Felipe entre los samaritanos, nos cuenta también el libro de los Hechos: "Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres" (Hechos 8:12). Lo mismo cabee decir con la conversión del centurión Cornelio (Hechos 10), o con la del carcelero que custodiaba a San Pablo (Hechos 16).
3. Como dicen mis amigos, ciertamente en ningún sitio se indica explícitamente que los cristianos bautizaran a los niños pequeños. Tampoco se indica en ningún sitio que no se haga, por lo que cabría considerarse algo optativo. Ahora bien, si leemos el Nuevo Testamento con más atención vemos cómo la conversión de los primeros que abrazan la fe se hace, con cierta frecuencia, por familias enteras, en donde parece lógico asumir que se incluían los niños. Los dos casos que he citado antes son especialmente claros. Narrando la conversión del carcelero, nos dice el libro de los Hechos que pregunta al Apóstol: "«Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?» Le respondieron: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa.»Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos" (Hechos 16: 29-33). Todos los suyos, a mi modo de ver, incluye implícitamente a sus hijos de todas las edades. Lo mismo cabe decir de la familia de Cornelio, que fue bautizada por San Pedro, en un episodio muy significativo del Nuevo Testamente, pues el primer gentil que recibe la gracia del Espíritu Santo.
4. Ciertamente Jesucristo se bautizó en el Jordán al inicio de su vida pública, cuando tendría unos 30 años, pero fue circundidado al octavo día de su nacimiento, como nos narra San Lucas (cap. 2), poco después de citar la de su primo San Juan Bautista. Esa ceremonia litúrgica tiene similitudes con el bautismo cristiano, puesto que incorpora al niño al pueblo elegido, como nos incoporaba el bautismo a la Iglesia, por lo que puede asumirse que los cristianos bautizarían a sus hijos en temprana edad. Tenemos testimonios de ello, que comentaré en otra entrada.


Los argumentos que he indicado sirven para cualquier cristiano, católico o no, puesto que todos respetamos con igual cariño la Sagrada Escritura, y me parece que dan sobrados criterios para no retrasar innecesariamente el Bautismo de los niños. En este año de la Fe, sería una pena no facilitar que nuestros hijos la reciban de modo explícito con el Bautismo. Es una semilla; a nada obliga, puesto que luego ellos tendrán que confirmarla con su propia libertad. Los padres toman decisiones sobre el futuro de sus hijos que les transmiten sus valores (con el colegio que eligen, con la alimentación que les dan, con las amistades que frecuentan...) y nada de eso se considera ofensivo de su libertad. No veo por qué ha de serlo transmitirles su fe a través del sacramento que la inicia.
 
   

domingo, 25 de noviembre de 2012

El sentido del dolor

Me ha escrito estos días un buen amigo re-enviándome una noticia aparecida en el boletín de su parroquia. Se refiere a un figura pública muy conocida, Alfonso del Corral, jugador de baloncesto primero, médico deportivo después, ligado por muchos años al Real Madrid. Creo que es mejor ver directamente su testimonio para saber cómo un padre puede encarar la muerte de un hijo de seis años, y lo que supone eso para la vida de una padre joven: o la desesperación o el fortalecimiento en una fe que antes parecía difusa.
Sus palabras indican la calidad humana de quien muchos conocíamos solo como un jugador excelente y una buena persona: Alfonso del Corral también es un cristiano convencido, que ancló su fe en el dolor más profundo. Te recomiendo que veas su testimonio, o leas un resumen aquí.
La historia personal de Alfonso del Corral es la experiencia de muchas otras personas a las que el dolor les hace madurar. Ciertamente la existencia del dolor, de la muerte, del sacrificio escandaliza a muchos. ¿Dónde está Dios cuando ocurre el mal? ¿Dónde está cuando sufre el inocente, cuando afecta la enfermedad o el dolor a quienes más queremos? El dolor escandaliza, como escandalizó la muerte de Jesús, en la Cruz, a quienes no comprendieron lo que significaba. Para una persona sin fe, el dolor es incomprensible: sólo cabe desesperarse o aceptarlo estoicamente, como algo que ocurre, sin ningún significado. Pero para una persona con fe, el dolor transforma, los hace mejores. Como decía Lewis, el dolor es el altavoz que usa Dios para hacernos saber que somos humanos. Pero nosotros somos cristianos, creemos en un Dios que ha muerto en una Cruz. Así todo cambia. Como nos dijo Benedicto XVI en su visita a la Fundación Instituto San José, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud del pasado año, "...Desde que el Hijo de Dios quiso abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien padece". Si ante una persona que sufre, estamos convencidos de que es Jesús quien sufre en ella, de alguna manera ese dolor se asocia al dolor de Jesús, que siempre está acompañándola. Pero el dolor de Jesús no es la respuesta defnitiva, luego hubo Resurrección; el dolor no es el fin de todo, fue un medio para conquistar la Alegría definitiva.

domingo, 18 de noviembre de 2012

No es país para viejos

Hace unos días conversaba con un vecino que trabaja en AENA. Me comentaba que están en medio de un proceso de masiva reducción de empleados, parece que como consecuencia de la situación económica y las pésimas inversiones -muchas de contenido político- que se hicieron hace unos años, consiguiendo casi quebrar una empresa pública que antes resultaba muy rentable. Lo que más me llamó la atención de su relato fue que el único criterio que ha elegido la empresa para reducir personal es la edad de sus trabajadores. Parece que no importa si el puesto de trabajo es más o menos relevante, si la persona ha demostrado o no profesionalidad en su puesto, si ha contribuido o no a expandir la empresa en el pasado... el único criterio es haber cumplido una cierta edad. Tras esa medida entiendo que se esconde más bien la posibilidad de conseguir jubilaciones anticipadas, abaratando así lo que de otro modo serían despidos improcedentes. No obstante, el relato de mi amigo me ha dado que pensar estos días, pues me parece fruto de una tendencia más profunda en la sociedad actual, que no aprecia los valores de quienes nos han precedido. Parece que éste no es un país para viejos, como titulaban una de sus más conocidas películas los hermanos Coen. Una sociedad que no valora la experiencia es una socieda enferma. La sabiduría de cualquier pueblo se manifiesta en sus mayores. Un pueblo necesita juventud, vitalidad, renovación, sí, pero ¿a dónde va la vitalidad si no se conduce desde la sabiduría? Va rápido, pero a ningún sitio. Por otra parte, el mensaje de fondo no puede ser  más desalentador para quien se encuentra en sus cuarenta: da igual lo que hagas, cuando tengas 55 años te van a prejubilar o a despedir, simplemente porque tienes esa edad. Parece que explícitamente el argumento sólo es económico, pero a mi modo de ver las cosas son más profundas.
En la familia reducida a que parece conducirnos la masificación urbana, y por qué no decirlo también el egoísmo generacional, los abuelos pintan poco. ¿Quién cuenta entonces las historias de la familia? ¿Quién dirá a los niños cómo eran sus padres de pequeños, cuáles fueron sus trastadas, cuáles sus ilusiones, sus esperanzas? Si en el terreno familiar, la marginación de los mayores es un hecho lamentable, en el terreno profesional, la pérdida se va a sentir muy particularmente en aquellos sectores más ligados a las relaciones humanas. Seguramente de redes sociales sabe más alquien de 30 que de 60 años, pero no de trato humano: los seres humanos necesitan tiempo para refinarse.
Por contraste con todo esto, me parece muy emotiva la visita que Benedicto XVI, un anciano encantador, hizo a otros ancianos en su visita pastoral a la Comunidad de San Egidio en Roma, donde se atienden personas mayores que vivían en condiciones precarias. Les decía el Papa: "Vengo entre vosotros como obispo de Roma, pero también como anciano que visita a sus coetáneos. Es superfluo decir que conozco bien las dificultades, los problemas y los límites de esta edad, y sé que estas dificultades, para muchos, se agravan con la crisis económica. A veces, a una cierta edad, a veces uno mira al pasado, añorando cuando era joven, cuando tenía energías frescas, cuando tenía proyectos de futuro. De ese modo, a veces, la mirada se tiñe de tristeza, considerando esta época de la vida como el tiempo del ocaso. Esta mañana, dirigiéndome idealmente a todos los ancianos, aun siendo consciente de las dificultades que comporta nuestra edad, querría deciros con profunda convicción: ¡ser anciano es hermoso! En toda edad hay que saber descubrir la presencia y la bendición del Señor y las riquezas que contiene. ¡Nunca debemos dejar que la tristeza nos aprisione! Hemos recibido el don de una vida larga. Vivir es hermoso también a nuestra edad, a pesar de algún "achaque" y de alguna limitación. Que siempre haya en nuestro rostro la alegría de sentirnos amados por Dios, y no la tristeza". Son las palabras de fe de un anciano lleno de vitalidad, porque está lleno de Dios. El Papa les recordaba también que "nadie puede vivir solo y sin ayuda; el ser humano es relacional", y acababa agradeciendo a los jóvenes que atienden a esos ancianos, que comparten con ellos su tiempo para enriquecerse mutuamente, mostrándose como un ejemplo vivo del amor de Dios a todos y cada uno, independientemente de su edad, de su estado físico, porque Dios, como buen padre y madre, sabe querer a cada uno como es, con las condiciones concretas que en un momento y lugar determinado de su historia tiene

domingo, 11 de noviembre de 2012

La obra inacabada

La costa de Benidorm
Estuve el pasado miércoles en Alicante, en un tribunal de una tesis doctoral que allí se leía, por cierto de muy buena calidad. El taxista que me llevaba a la Universidad desde la estación del tren, me comentó el gran impacto que la actual crisis económica había supuesto en esa región, especialmente relacionada con la construcción y todas las industrias auxiliares. Precisamente la tesis incluía algunos datos sobre el área de Benidorm, uno de los ejemplos paradigmáticos de lo que supuesto el turismo en nuestro litoral, que ha pasado de ser un pequeño núcleo de pescadores a una ciudad cercana a los 80.000 habitanes, con hoteles de más de 50  plantas. Todo ese boom parece que ahora se tambalea bajo la recesión. Inversiones millonarias que no parecen justificarse mas que por el afán de que la maquinaria a ningún sitio siguiera funcionando. Un caso concreto de inversión no aprovechada es el tranvía que se ha construido entre el centro de Alicante y la Universidad, que está completamente construido, pero no se ha puesto en funcionamiento por falta de presupuesto. Me venía a la memoria la parábola de Jesucristo sobre el rico que planificaba cómo almacenar mejor sus posesiones, inconsciente de que podía llamársele en cualquier momento a dar examen de su vida: es la conclusión de quien pone por delante lo que no está por delante. La economía tiene por objeto servir a las personas, no aprovecharse de ellas, no ofuscarlas en una búsqueda de fines que solo son medios.
Obviamente el caso del tranvía de Alicante no es la única, ni seguramente la más cuantiosa de las infraestructuras que hemos hecho en este país aprovechando la bonanza económica. Creo que nos ha faltado sabiduría, para saber de dónde veníamos y a dónde teníamos que ir, para conocer nuestras limitaciones y aliviarlas cuando había recursos para ello, para distinguir entre gastar e invertir: gastar es comprar bienes para consumirlos, invertir es gastar en personas o recursos que rinden beneficios a medio y largo plazo. Ahora estamos lamentando esas actitudes, y difícilmente nos explicamos cómo hemos llegado aquí. Echamos la culpa a los banqueros -que la tienen, y mucha-, a los políticos -impresentables, en una buena parte-, a los funcionarios -entre los que efectivamente hay algunos poco responsables-, e incluso a la Iglesia -que no sé bien qué tiene que ver con este "fregado": lo importante es buscar algún responsable que no seamos nosotros mismos. Debemos en algún momento reconocer que somos un país de escasos recursos y aprovechar los que tenemos, los que hemos ido fraguando en este tiempo, aprender de las lecciones recientes, reforzar nuestras potencialidades y, sobre todo, no perder lo mejor que tenemos: tantos jóvenes bien formados, con iniciativa, que están marchandose de nuestro país para buscar un futuro más prometedor. Estamos en horas bajas, pero dependemos de nosotros mismos (no solo de los alemanes) para salir de este hoyo que nosotros mismos hemos cavado.


sábado, 3 de noviembre de 2012

Más allá de los tópicos sobre Ciencia y Religión


Hace unos días escuchaba un seminario sobre Ciencia y Fe. Hablaba el ponente de la compatibilidad entre ambas, pues son dos formas de conocimiento que se apoyan mutuamente, aunque estrictamente tratan de esferas distintas. Me pareció interesante el hilo de la exposición, hasta que salió el caso Galileo, que parece imprescindible en estas ocasiones. El ponente indicó que lejos de ser ciertas las atrocidades que, como comúnmente se cree, sufrió el gran científico italiano a manos de la Inquisición, en realidad la condena había sido un asunto de poca importancia, que poco  afectó a la vida y la reputación de Galileo. He de reconocer que me indigné al escuchar esta afirmación, de la misma manera que me indigno cuando escucho, en el extremo contrario, las exageraciones o manifestas falsedades que se propagan sobre el caso por parte de los enemigos de la Iglesia. En ambos casos, se hace poca justicia a la verdad histórica: ni es cierto que la condena fuera algo menor, ni tampoco que llevara a la hoguera, al tormento o ni siquiera a la cárcel a Galileo. El tribunal romano que condenó a Galileo no sólo cometió una injusticia grave contra el científico italiano, aunque su integridad física no fuera alterada, sino también un error desastroso que ha proyectado a través de los siglos una imagen sobre la Iglesia de aversión  a la Ciencia e intolerancia, tan tópica como errónea.

Me parece especialmente relevante que todos los que les interese este tema lean un capítulo del Prof. Sols (Catedrático de matemáticas en la UCM) incluido en el libro Ciencia y religión el el siglo XXI: recuperar el diálogo, que acaba de publicarse en la editorial Ramón Areces. Esta obra, que está disponible gratuitamente en Internet, es fruto de las jornadas que sobre esta temática organicé en la Fundación Areces junto a Denis Alexander, profesor de la Universidad de Cambridge y hasta hace pocos días director del Faraday Institute for Science and Religion. Recomiendo vivamente a todos los interesados en el diálogo Ciencia y Religión que descarguen el libro o lo soliciten en papel a la Fundación. Incluye capítulos sobre temas tan variados como el origen histórico de la ciencia, el caso Galileo, el origen del Universo, las implicaciones religiosas de la posible existencia de otros planetas, las relaciones cerebro-alma, el evolucionismo, el sentido científico del azar, el aporte de las religiones a la conservación ambiental, o los fundamentos de la bioética.
En éste, como en tantos campos, es preciso ir más allá de los tópicos. La lectura amplía los moldes mentales, ensancha la mente y, sobre todo, la acerca a la verdad de las cosas, sobre todo cuando está avalada por expertos de prestigio internacional en sus respectivos campos. Los autores de la obra que ahora se publica acumulan más de un centenar de libros, más de dos mil artículos científicos y un sin fin de menciones honoríficas y reconocimientos internacionales. Son todos científicos de primer nivel en sus respectivos campos y todos mostraron un sincero interés por la Religión, por las vías para estimular su diálogo con la Ciencia, de cara a hacer este mundo más comprensible, no sólo en el orden material, sino también en sus implicaciones espirituales.No es cierto que sean dos ámbitos contrapuestos, sino complementarios; no es cierto que los científicos sean por defecto ateos, sino más bien son excepción; no es cierto que la Ciencia avale el ateísmo, aunque tampoco es un argumento para la fe; no es cierto que la Iglesia haya perseguido a la Ciencia, más bien la ha estimulado fundando universidades, academias y contando entre sus miembros más comprometidos, científicos de primer nivel: desde Copérnico hasta Lemaitre, desde Pascal o Descartes hasta Mendel, desde Pasteur hasta Lejeune. En todos los ámbitos, de todas las épocas.

domingo, 28 de octubre de 2012

Rescatar a las personas

Esta semana en Valencia hemos puesto rostro y nombre a la desesperación de tantas personas que están perdiendo su hogar por la asfixia económica. La pérdida del trabajo o el cierre de una pequeña empresa lleva aparejadas muchas situaciones de sufrimiento; el desahucio de la vivienda resulta una de las más drásticas. A mi modo de ver, la llamada "economía del ladrillo" tiene múltiples aspectos criticables, desde el punto de vista meramente técnico, al primar la especulación sobre la innovación, el beneficio a corto plazo sobre el desarrollo sostenible, la venta de terreno sobre la venta de bienes e ideas. Una de las cosas más nefastas de esa economía especulativa ha sido precisamente que se basara en especular con un  bien de primera necesidad (una vivienda). En mi opinión, cualquier especulación es desdeñable, pues implica una cultura empresarial bastante mediocre: comprar, esperar a que suba el valor, vender. Ciertamente, no es fácil saber comprar bien y vender a tiempo, pero a mi personalmente me resultan muy poco honorables los que amasan grandes fortunas a base de especular, sea en el sector que sea. Prefiero que Amancio Ortega sea el hombre más rico de España vendiendo ropa que jugando en bolsa, si además de vez en cuando es generoso con sus ganancias, y las distribuye socialmente, mejor que mejor.
En la cúspide de la economía especuladora han estado desgraciadamente los bancos, muchos de los cuales se han dejado llevar de plannificación miope para acumular grandes ganancias, que ahora se tornan en agujeros insostenibles. Ante el asombro de casi todos se nos recomienda ahora participar en sus pérdidas, cuando en tiempos de bonanza esos pingues beneficios se repartían solo entre los accionistas. Se dice que la banca es imprescindible para el funcionamiento de la economía; tal vez sea así, pero no podemos perder de vista que lo realmente imprescindible son las personas: la economía debería servir para hacer a las personas más felices, para contribuir a solventar sus necesidades básicas, o aquellas que le dignifican como ser humano. La banca es un instrumento para la economía, pero la economía es un instrumento para las personas. Si es preciso rescatar a la banca, hágase, pero no a costa de las personas; así no podemos alumbrar una economía verdaderamente sólida, inmunizada contra futuras crisis. Construyamos una economía distinta, donde los seres humanos sean prioritarios, su familia, su alimentación, su educación, su vivienda, su salud... Con los 60.000 millones de € que se anuncian inyectar a la banca, ¿se imaginan la cantidad de problemas humanos que podríamos resolver? ¿Cuántos desahucios podríamos evitar? ¿Cuántas mejoras en la educación, la sanidad, la innovación industrial, el comercio justo podríamos promover?

domingo, 21 de octubre de 2012

El año de la fe


El día 11 de Octubre se ha iniciado el "Año de la Fe", así declarado por Benedicto XVI para conmemorar el 50º aniversario del inicio del concilio Vaticano II y el 20º de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. El Papa quiere que este año sirva para que todos los católicos profundicemos más en nuestro conocimiento y vivencia de nuestra fe, así como en la alegría de comunicarla a los demás. Como nos decía Benedicto XVI al inicio de su Pontificado, "Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él". 
Siguiendo el aforismo clásico, nadie da lo que no tiene. Para comunicar la fe, es preciso tenerla y conocerla. Vivimos en un país histórica y culturalmente católico, pero ¿conocemos realmente el cristianismo?, ¿podemos dar argumentos convincentes en el entorno que nos movemos?, ¿transmitimos a los demás las razones de nuestra esperanza?
Comentaba esta semana el obispo de San Sebastián, que casi la mitad de los jóvenes españoles no conocen la figura de Jesucristo. Seguramente se refería no a que desconocieran su existencia histórica, sino más bien a que desconocieran su mensaje. Parece poco probable que los jóvenes españoles no hayan oído hablar nunca de Jesús, quizá con la debacle educativa que vivimos puede ocurrir esto, pero será una proporción reducida. Lo que sí parece muy extendida es la indiferencia hacia la figura de Jesucristo, reducido a una especie de sabio de la antiguedad, pero con poco impacto en la existencia diaria de cada uno.
El año de la fe es una magnífica oportunidad para que los creyentes conozcamos mejor a Jesús, su historia narrada en los Evangelios, su Iglesia, su Mensaje, continuado por el testimonio de sus apóstoles y primeros discípulos, y que ha llegado a nosotros por transmisión oral y escrita a lo largo de una cadena ininterrumpida de testigos de la fe. Tendremos en este año muchas oportunidades de reflexionar juntos sobre la Fe, sus contenidos y sus implicaciones en nuestra vida. Por el momento, me quedo con dos calificativos, que me parecen claves para entenderla y comunicarla:
1. La Fe es razonable, no solo se opone a la inteligencia sino que la subraya. "Creo para entender", decía San Agustín. La fe no es creer en lo absurdo, ni en lo que no puede demostrarse, ni en lo que no sabemos todavía. Eso es una caricatura. La Fe es confianza en Alguien que nos habla. 
2. La Fe es alegre. La fe llena el corazón, porque da sentido a nuestra vida, y eso permite enfocarla con una nueva perspectiva. Como nos decía Benedicto XVI en Madrid, hace poco más de un año, en el marco de la JMJ: "La fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios". No somos fruto de la casualidad, sino del Amor de un Dios personal que vela por nosotros.