sábado, 22 de febrero de 2014

¿Todavía importa la Inquisición?

Hace algunas semanas  conversaba con un colega sobre diversos aspectos de la actualidad social. En un momento determinado de la conversación comparó la intransigencia religiosa que observamos actualmente el Islam, con el que dominaba en la Iglesia católica en siglos precedentes, remitiéndose, como no podía ser menos, a la Inquisición. Es difícil que esta institución no salga, de una u otra forma, en discusiones sobre el cristianismo, como ejemplo de una supuesta actitud intolerante de nuestra fe. No seré yo, lógicamente, quien defienda a la Inquisición que forma parte, sin duda, del pasado más negro de la historia cristiana, pero en éste como en otros temas polémicos me parece que conviene distinguir lo que es pasado histórico de lo que se acerca más a una imaginación calenturienta.
Este es, a mi modo de ver, el principal de la obra que acaba de publicar el Prof. Pulido sobre la Inquisición Española sin duda la más vilipendiada, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, aunque ni fue inventada en España, ni fue exclusiva de la Iglesia católica, ya que fenómenos de persecución religiosa también existieron en países protestantes (como atestigua la quema de Miguel Servet en la Suiza calvinista). Quienes quieran conocer con más detalle los orígenes históricos de la Inquisición en nuestro país, sus formas de funcionamiento, la Geografía de los tribunales inquisitoriales y los tipos de delitos que perseguía, encontrará en el libro de Juan Ignacio Pulido una referencia de enorme interés.
Ciertamente la actitud intolerante no es exclusiva de los extremismos religiosos, sino en general de una mentalidad que identifica la verdad -la auténtica o la suya- con el mandato moral de imponerla. Ocurrió desgraciadamente con los cristianos que organizaron e impulsaron la Inquisición, en flagrante contradicción con los principios evangélicos de la caridad fraterna, como ha ocurrido en otras fanatismos de otras religiones y también en fanatismos antireligiosos. Basta recordar que sólo en tres años de Guerra Civil española murieron más sacerdotes, monjas y obispos por la intolerancia antireligiosa, que en tres siglos de intolerancia religiosa inquisitorial (1500-1850), además con muchas menos garantías jurídicas. Sin embargo, como aclara muy bien el Prof. Pulido, no es un problema de cifras, sino de actitud: bastaría que hubiera sido solo uno el ajusticiado por la Inquisición para sentir bochorno por esa institución, que no lo olvidemos también tuvo un carácter político, ya que los herejes de aquel tiempo también eran elementos de perturbación social.
En cualquier caso, a un cristiano contemporáneo le resulta difícil entender por qué se dieron estas actitudes, cuando en el pasado la Iglesia -y así sigue siendo hoy- había sido mucho más perseguida que perseguidora. Así lo indicaba S. Juan Crisóstomo, a inicios del s. V: "Cuando perseguimos a los herejes, no debemos destruir en ellos la persona, sino el error del entendimiento y el daño del corazón. Finalmente debemos estar siempre dispuestos a sufrir las persecuciones, no a perseguir a otros; a padecer vejaciones, no a causarlas. De este modo es como venció Jesucristo, a saber, clavado en cruz, no crucificando a nadie" (De hiero martyre, 400, PG 50: 534).


domingo, 16 de febrero de 2014

La fe se transmite por envidia

He terminado recientemente la exhoración apostólica del Papa Francisco sobre la alegria del evangelio. Es un texto con múltiples elementos para la reflexión. El Papa es directo y claro, no se anda con rodeos, y tiene muchas frases que amartillan el alma, dejándonos en un cierto desasosiego, que es tantas veces el germen de conversión. Me quedo hoy con algunas de las ideas que incluye el Papa sobre la transmisión de la fe, objeto principal del documento.
Ayer veía con unos amigos la tercera parte del Padrino, la memorable trilogía de Francis F. Coppola. En un momento de especial tensión narrativa, el cardenal que acaba confesando a Corleone le indica: el cristianismo es a veces como el agua en esta piedra que lleva años sumergida, pero que está por dentro seca. Comunicar a los demás la buena nueva del Evangelio parece superfluo en un continente que lleva tantos siglos escuchándola, puesto que parece imposible encontrar novedad. Y, sin embargo, !todavía el mensaje de Jesús es tan desconocido o, lo que es peor aún, está tan desnaturalizado! Por eso, resulta todavía tan necesaria la tarea de hablar de nuestra fe a nuestros amigos, compañeros de trabajo, parientes. No se trata de imponer nada a nadie, sino de descubrirles que hay otros valores, otras motivaciones, más allá de lo que nos evidencian nuestros sentidos. Se trata, en pocas palabras, de hacer más felices a los demás, porque como bien dice el Papa "La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»", o como leí hace algún tiempo la Fe se transmite por envidia, en el sentido de que será comunicada cuando la ofrezcamos como atractiva a los demás.
Para eso, es imprescindible, como señala el Papa Francisco que quien habla de Jesús sea dichoso de ser cristiano, pues nadie entusiasma si no está entusiasmado: "una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie" (Evangelii Gaudium, 2013, n. 266). Quien no experimenta la paz y la alegría que da el trato con Dios en la vida cotidiana, convertirá su discurso en algo mortecino, melifluo, carente de pasión. De la misma forma, quien concentra sus energías en señalar los inconvenientes, en apuntar a los desastres de este mundo, en valorar siempre lo negativo, difícilmente atraerá a nadie a la Fe. Por eso, me resulta chocante que algunos sacerdotes centren sus homilías en criticar más que en mostrar lo positivo, la alternativa a lo que denuncian. Ese no puede ser el mensaje principal, como indica Francisco, hablando de las homilías "... si indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento. Además, una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad " (Evangelii Gaudium, 2013, n. 159).
Comunicar la Fe require también salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad, de nuestros mundo seguro, donde todos nos entienden, y confrontarla amablemente con quien piensa de otro modo. Eso lleva consigo el riesgo de la duda, de no ser capaces de convencer sino quizá de ser convencidos, pero valdrá la pensa ese riesgo porque a la postre la Fe, si va acompañada de la humildad de reconocer nuestras limitaciones y de pedir perdón, se acabará fortaleciendo. Me parece que a eso se refiere el Papa cuando señala: "prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades" (Evangelii Gaudium, 2013, n. 48).
Esto no refiere a los obispos o sacerdotes, a quienes tienen como papel "institucional", si puede hablarse así, el comunicar la Fe, sino a todos los cristianos, porque así nos lo pidió Jesús. Es tarea de todos, cada uno en su ámbito, con sus propias palabras, con la alegría y la amabilidad que utilizó el mismo Jesús para comunicar su mensaje en Palestina. En los tiempos actuales, ese diálogo sobre nuestra Fe, nos impulsa también a conocerla mejor, a aprender de quien no la tiene para ayudarle a llenar sus lagunas. Me parece que resumen bien esa actitud unas palabras de Benedicto XVI en la universidad donde trabajó muchos antes de ser Papa: "Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas... " (Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones, 2006).

domingo, 9 de febrero de 2014

¿Solo puede ser cristiano quien sea perfecto?

Estoy leyendo estos días, "El Señor"  un libro que publicó Romano Guardini en 1937, y que recoge una serie de homilias sobre la vida de Jesús que este sacerdote alemán predicó entre los años veinte y treinta del pasado siglo. Como buen pensador germano, Guardini no es fácil de leer, pero aporta luces de gran calado. Me parece especialmente brillante su comentario a propósito del sermón de la montaña, uno de los más emblemáticos de Jesucristo, que de alguna manera define la excelencia del Cristianismo. Se pregunta Guardini si es posible seguir al pie de la letra lo que dice ahí el Señor, si alguien puede realmente amar a sus enemigos, o poner la mejilla contraria después de ser golpeado, y responde que ni siquiera era esa realmente la postura de Cristo, ya que en otro momento de su vida, cuando fue de hecho abofeteado por un guardia del Sanedrín, apeló a la justicia: "si he hablado mal, muestrame en qué, y si bien, ¿por qué me pegas?"
Efectivamente, si uno interpreta literalmente muchos párrafos del Evangelio, sólo queda la frustación, pues parecen sobrehumanos. A la vez, si uno los interpreta frivolamente, le queda la mediocridad. No creo que Jesús quiera ninguno de esos dos extremos. ¿dónde nos quedamos entonces? Precisamente esta es una de las tareas más sustanciales de la Iglesia: juzgar con prudencia qué quería decir Jesús exactamente. Tan poco cristiano resulta quien considera que todo puede ajustarse a mi conveniencia personal, haciendome una religión a la carta, fruto de mi interés, como quien piensa que sólo cabe el camino de lo excelso, que ni ellos mismos se atreven a recorrer. Entre los puristas, que piensan que todos los demás están equivocados, y los conformistas, que todo les parece bien, está la honradez de quien quiere tender a la santidad, como Jesús nos ha pedido, pero a la vez se da cuenta de que solo Dios puede darnos las fuerzas para conseguirlo, pues naturalmente no podremos nunca alcanzarlo. Y ahí o admitidos que la Iglesia es Jesucristo en la historia, y confiamos en su providencial guía, o perderemos la esperanza. Lo resume muy bien Guardini cuando afirma: "Hay una forma de cristianimo que acentúa la exigencia del Señor con toda su crudeza y considera decadente cualquier concesión a la debilidad humana. Dice: ¡Todo o nada! Pero después, o saca la conclusión de que sólo unos pocos son capaces de cumplir lo exisgido, mientras que la mayoría se pierde, o sostiene que el hombre no puede nada en absoluto y, en consecuencia, no le queda más remedio que aceptar su incapacidad y confiar en la misericordia de Dios. En ambos casos la Iglesia aparece como obra humana y, a la vez, como desecho...."

domingo, 2 de febrero de 2014

Las sinrazones del aborto

He mantenido un pequeño debate electrónico estos días con una amiga a propósito de una entrada mía en el blog sobre la reforma de la legislación del aborto. Me llama la atención que personas honestas y bien intencionadas, sigan apoyando una legislación que deja al embrión-feto humano al arbitrio de otras personas. Sin duda, como decía Julián Marías, la aceptación social del aborto es una de las señales más preocupantes de la decadencia del mundo occidental. Tras siglos enriqueciendo nuestras fronteras éticas, incluyendo cada vez más a personas que antes se consideraban de segunda o de ninguna categoría, el mundo occidental ha "encayado" su progreso moral en el niño gestante que parece para muchos no tener más derechos que los quiera concederle la madre que lo lleva en su seno. No estoy juzgando a las mujeres que se enfrentan al abismo del aborto, estoy juzgando a la sociedad entera que ve con buenos ojos que se elimine a una criatura por el simple hecho de que supone un malestar para otra u otras personas, por muy grave que éste sea. ¿Cualquier mentalidad progresista no intentaría salvar siempre a la parte más débil? ¿Tan difícil es reconocer que el feto es
un ser humano distinto de su madre, aunque completamente dependiente de ella, tan dependiente como cuando tiene tres meses o tres años de vida?
Acabamos de publicar en la editorial Digital Reasons, que estoy promoviendo desde hace nos meses,  un libro del Prof. Alfonso López Quintás sobre las razones que están detrás de quienes defienden el aborto, de quienes piensan que es un asunto privado, que sólo debe decidir quien es portador de ese nuevo ser humano. Desgraciadamente las víctimas no son sólo los niños elmininados, sino también las madres que han dejado de serlo, como bien afirma el prof. Quintás en su libro, cuya lectura recomiendo vivamente. Se trata, como bien indica en su libro, de un ejemplo paradigmático de uso torticero del lenguaje, de sustituir el debate hondo por una colección de eslóganes banales. Deberíamos sentarnos a hablar de temas en donde nos jugamos el futuro de nuestra civilización: la vida, la educación, la sanidad, el territorio... en lugar de vociferar e ignorar a quien piensa de modo distinto.