domingo, 13 de julio de 2014

Una revolución cultural

Conversaba el pasado viernes con uno de los últimos autores que hemos incorporado a la editorial que estoy promoviendo. En poco tiempo, hemos pasado de la relación formal autor-editor, a la de amigos, que es mucho más humana y más enriquecedora. Hablabamos de las raíces del problema educativo en España, de la baja calidad de la docencia, del escaso interés de los estudiantes, y a veces de sus familias, del bajón de contenidos y de la incompetencia de nuestra clase política para tomar medidas eficaces que contribuyan a aliviarlo. Como es más fácil buscar responsables en los demás que en nosotros mismos, pensábamos también en qué podíamos hacer para que ese estado de cosas comenzar a cambiar.
Ciertamente en la emergencia educativa actual hay causas que poco tienen que ver con la legislación, y son más bien, a mi modo de ver, las más hondas y en las que todos podemos hacer algo por remediar. En mi opinión la más importante es precisamente la crisis de valores y de virtudes que afecta a nuestra sociedad. Educar es transmitir valores y enseñar virtudes, o mejor aún hacer amable la virtud. Los valores son postulados ideológicos que fundamentan una sociedad: qué es bueno y qué es malo. Las virtudes son la capacidad real de hacer el bien o el mal, o dicho de otra forma la consistencia para vivir de acuerdo a los valores que se preconizan.
Sin duda la educación debe incluir como elemento fundamental la transmisión del conocimiento a las generaciones más jóvenes, pero en mi opinión esa labor sería muy parcial sino somos capaces de transmitirles nuestros más excelsos valores: la calidad de una sociedad es la calidad de las metas que desea: una sociedad que sólo se afana por el enriquecimiento económico poco tiene que transmitir. El respeto a toda vida  de todas las criaturas, en primer lugar de las humanas, la generosidad, el trabajo bien hecho, la solidaridad con quien nos necesita, la búsqueda de la verdad, la alegría ante el milagro de lo cotidiano y tantas cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido.
Eso requiere algo más que un cambio de legislación: es un cambio de mentalidad, una verdadera revolución cultural, muy lejos naturalmente del triste periodo chino que utilizó esta expresión. Una revolución basada en el diálogo entre personas que puedan pensar distinto pero que necesitan anclar lo que piensan en raíces sólidas. Un diálogo que se base en el conocimiento mutuo, más allá de los tópicos, de los prejuicios que cierran cualquier intercambio de ideas. Ese es el objetivo de la editorial que estamos promoviendo. ¿Te animas a colaborar con el proyecto?

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